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Bueno, bueno, bueno. Lo siento, de verdad, no tengo remedio. Esperad, que voy a sacudir un poco el polvo, eso es. Ya luce un poco mejor este rincón abandonado. 

Se supone que esta entrada tenía que haber sido escrita hace como ¿siete? ¿ocho meses? En fin, mi RL a veces es muy puñetera y este año no he empezado con muy buen pie que digamos, pero nada, seguimos contándolo que es lo importante. Tal vez esta crónica ya no la hubiera llegado a escribir pero estos días he empezado a ver una nueva serie de la BBC, The White Queen, y no hacía nada más que pensar que los exteriores me sonaban…hasta que reconocí calles y rincones de Brujas y Gante, me entró nostalgia…y cargo de conciencia. Prometí crónica y aquí la tenéis.  

 

Este año tocaba Europa y escogimos hacer un pequeño recorrido por los Países Bajos, empezando por Amsterdam y terminando en Bruselas, pero nada de viajes organizados. Aviones y trenes por nuestra cuenta, un poco a la aventura y sin conocer el puñetero idioma, con nuestro inglés macarrónico como único recurso.

El Domingo la llegada fue de lo más accidentada, algo que jamás me había ocurrido, ocurrió: Nos perdieron las maletas en el aeropuerto de Amsterdam. La sensación de impotencia y cara de incredulidad mientras veíamos moverse la cinta y las puñeteras no aparecían…Como a nosotros le ocurrió a unos cuantos más y no hubo más remedio que hacer cola en la oficina de reclamaciones para ir redactando el documento. La situación no podía ser más complicada, debido al hecho de que sólo hablaban holandés o inglés y, ejem, pues eso. Menos mal que un alma caritativa, en forma de una chica catalana, se quedó con nosotros para ayudarnos con la reclamación y fuimos de los últimos, un detallazo por su parte. Ya estábamos despidiéndonos y dándole las gracias cuando llegó otro compañero de fila, guineano, que corrió a avisarnos porque las maletas acababan de aparecer. Habían pasado dos horas desde que todo comenzó. Por lo visto el carro con las maletas de varios de nosotros se había quedado “olvidado” en la pista de Barajas y las embarcaron en el siguiente vuelo. Suspiros de alegría, risas nerviosas, despedidas agradecidas y entusiastas, y búsqueda de un taxi para poder llegar al hotel. La broma de aquella noche fue cotillear el neceser de emergencia que nos dieron en la oficina de reclamaciones y que tenía de todo, completito. Tanto, que lo he dejado guardado y preparado para futuras “contingencias”. Nos faltó hacernos una foto con el horroroso pijama, que también llevaba jajajaja 

Aquel día se nos fastidiaron bastante los planes con llegar tan tarde al hotel y lo único que pudimos hacer es buscar un sitio para cenar algo y dar un paseo hasta la Estación Central pasando por la plaza Dam, centro neurálgico de la ciudad, pues el hotel lo teníamos bastante cerca, en el Canal Herengracht (Canal de los Caballeros).  


   

 

El Lunes amaneció con el tiempo típico que nos iba a acompañar todos los días: nublado, soleado, lluvia, nublado y así continuamente. Paraguas y gorro imprescindibles, buen calzado y a patear la ciudad. Los canales y las casas que los presiden es lo primero que llama la atención, con su curiosa arquitectura de fachadas en pico, ornamentos distintos y fachadas inclinadas, no hay una sola fachada exactamente igual a otra y algunas viviendas se las ve terriblemente inclinadas, producto de los cimientos de la ciudad ganada al mar.

Y bicicletas

Individuales, familiares, viejas. Las vimos de todas las clases imaginables en parkings gigantescos en los que aún no nos explicamos cómo la gente sabía cuál era la suya. Las más curiosas eran las que tenían una especie de cajón en la parte delantera donde podían llevar desde la compra hasta a los niños. Si ya me cuesta mantener el equilibrio en una de dos ruedas normalita no me puedo imaginar cómo pueden llevar esos armatostes con semejante carga. Y los llevan. Y ya te puedes apartar en cuanto oyes uno de los timbres, porque ellos no frenan.

 

Ese día la ruta nos llevó hasta la casa-museo de Ana Frank donde pudimos ver las condiciones en que se mantuvieron escondidos ella y su familia durante la ocupación. Queda un poco desangelado porque apenas hay muebles, sólo han conservado las paredes y varias fotos para hacerte una idea de cómo era todo, es curioso de visitar porque haces el recorrido completo aunque me desilusionó un poco y esperaba más pero, eso sí, sales con un nudo en la garganta. Al lado se encuentra la iglesia donde está enterrado Rembrandt con su imponente campanario (Westerkerk) y a partir de ahí nos dedicamos a hacer la ruta del canal Prinsengracht, pasando por el parque Vondel y el Riskmuseum, que estaba en obras y no se podía visitar. Tampoco el museo de Van Gogh, que lo habían trasladado a la sede del Hermitage que hay en la ciudad, por lo que variamos los planes y seguimos andando bajo la lluvia hasta la fábrica de Heineken. Por curiosidad entramos y, la verdad, nos lo pasamos bastante bien. Es como un parque de atracciones dedicado a la famosa cerveza, donde nos enseñaron desde los orígenes de la marca hasta la fabricación con los distintos procesos llevados a cabo. A través de distintas salas con montajes virtuales y muy vistosos. Incluso tuvimos una clase magistral para aprender a servir una cerveza correctamente, con su punto justo de espuma. Nos dieron un diploma y todo jejejejeje. Y bebimos cerveza, claro, faltaría más. Eso sí, ese día las cañas nos salieron un poco caras.





Dejamos el canal y nos metimos más en la ciudad hasta llegar al Hermitage para ver el museo de Van Gogh, trasladado temporalmente allí, y admirar la gran colección que contiene. Además, también había una preciosa exposición de Impresionistas que nos gustó tanto o más que la de Van Gogh. Callejeando de nuevo pasamos por donde tuvo su casa Rembrandt y llegamos hasta el famoso Barrio Rojo. 

La primera impresión es desconcertante. No sé qué esperaba encontrar pero al principio me daba pena ver a esas mujeres ofrecerse en los escaparates. Ligeras de ropa, impúdicas, coquetas, vulnerables, indiferentes, voluptuosas, dominadoras. Según paseábamos por las distintas calles, me di cuenta que estaban divididas por latinas, travestis, caucásicas,…para todos los gustos, vamos. Veíamos discretas negociaciones a través de las cristaleras que concluían con la persona que había contratado sus servicios entrando y corriéndose la cortina que ocultaba el escaparate. Está prohibido hacer fotos y se nota una discreta vigilancia. Sorprende la normalidad con que se toma por parte de los habitantes, pero luego, meditándolo cuando llegamos al hotel, es algo que por lo menos está regulado, pagan sus impuestos y tienen sus seguros. Mientras que sólo con pasearte en Madrid por la calle de la Montera es lo mismo pero ilegal, explotadas y también están a la vista del público, más vestidas, eso sí. Una vez que asumes que es así nos lo tomamos con humor y disfrutamos de seguir paseando por los canales.



El Martes tocó el Canal Singel, uno de los más antiguos, y fuimos en busca de la casa más estrecha del mundo, una divertida curiosidad producto de la picaresca para pagar menos impuestos: se supone que se pagaba por metros de fachada (debido a la escasez de terreno disponible) y, cuando se construyó la vivienda, sólo hicieron una pequeña fachada que no llegaba al metro de ancho, lo suficiente para que haya una puerta, aunque el resto de vivienda, escondida más atrás, es de un tamaño normal. Seguimos ruta por el canal, admirando la arquitectura, las casas flotantes y las curiosas obras de reconstrucción que se hacen en algunas calles para reforzar los cimientos. Llegamos hasta la plaza de Spui una zona muy animada, con bares y tiendas varias y donde se encuentra una de las sorpresas más agradables que me llevé en la visita a la ciudad: El Beaterio (Begijnhof). Un pequeño reducto, con un discreto acceso, compuesto por un conjunto de viviendas que rodean una plaza y donde el silencio es especial. Creado por monjas Benedictinas, llamadas beguinas, y que se encuentra muy bien restaurado, sigue viviendo gente y se pide silencio y respecto. El famoso mercado de las flores está muy cerca de allí y también es un paseo muy agradable, lleno de colorido, por la cantidad de plantas y flores que se pueden ver y los famosos tulipanes en todos los colores imaginables.

 






Continuamos ruta hacia la plaza Waterloo y terminamos entrando en la Iglesia Vieja (Oudekerk), situada justo a la entrada del Barrio Rojo. Fue una desilusión. Acostumbrados a visitar iglesias en otros países, esta está totalmente desnuda y sólo se mantiene la estructura y algún atisbo de la decoración que tuvo hace muchísimos años. Arrasada por las guerras de religión que asolaron Europa, todo vestigio de la iconografía católica ha desaparecido, quedando detalles en el techado y apenas unos fragmentos de frescos en las paredes. Es una visita totalmente prescindible, ya que ni siquiera se usa para el culto, sólo conciertos y algún evento puntual. En general, las iglesias de Amsterdam son muy sobrias, siguiendo los dictados de la religión protestante. Visitamos varias y en todas tuvimos esa sensación de que nos faltaba algo, acostumbrados como estamos a la exuberancia católica.

Siguiendo hacia el norte de la ciudad, terminamos en el Café (Noord-Zuid Hollands Koffiehuis) que hay justo debajo de la Oficina de Turismo, al lado de la Estación Central. Un sitio encantador, con vistas al canal y que nos regaló una tarde de sol que se filtraba a través de los enormes ventanales. Callejeamos hasta llegar a la plaza Dam, donde está la Iglesia Nueva (Nieuwekerk), cerrada, pues tampoco se usa ya para el culto y sólo en eventos especiales, como la reciente coronación de Guillermo, y que ese día también la estaban preparando para otra celebración. También se encuentra en esta plaza el Palacio Real, cerrado a cal y canto y que tiene una fachada muy poco lucida, de piedra oscura. No niego que el interior será espectacular, como suele suceder en todos estos edificios, pero el exterior no le hace justicia.



Nos acercamos al hotel a dejar las compras que habíamos hecho a lo largo del día y seguimos callejeando, esta vez por el barrio de Jordaan, admirando la decoración que, sin pudor, exhiben los habitantes de los canales, en sus casas con enormes ventanales, sin cortinas ni persianas. Un detalle simpático fue descubrir el amor que les tienen a los gatos. Muchísimos vimos apostados en las ventanas viendo la vida pasar a través de sus ojos rasgados, moviendo la cola con parsimonia.


La noche nos llevó a una pequeña cervecería cerca del hotel cuyo dueño tenía una colección enorme de vinilos. Un ambiente relajado que invitaba a la charla y a disfrutar de una buena cerveza.

El Miércoles habíamos contratado una excursión por los alrededores de la capital. Amaneció un día despejado, increíble para esa época del año y nos llevaron a conocer unos sitios muy turísticos y curiosos: Los molinos de viento en el pueblo de Zaanse Schans, algunos todavía activos, y que nos regalaron unas vistas maravillosas, situados al lado de un gran canal. Aprendimos algo de su funcionamiento y la gran importancia que tuvieron para el desarrollo de la industria holandesa. Cada molino estaba dedicado a moler cosas distintas, madera, especias,…pero lo mejor era el olor a chocolate que uno de ellos dejaba en el aire. Durante los trayectos en autocar nos fueron contando la forma en que el país había ido ganando terreno al mar, el mantenimiento que eso conlleva y la red de canales que se encontraban, cada cierto tiempo, a lo largo del terreno para contener el flujo de las mareas. Muy curioso. Como era noviembre los campos estaban muy verdes pero sin nada de fruto. Supongo que en primavera las vistas tienen que ser espectaculares, sobre todo en la época de floración de los tulipanes. También pasamos por la Isla de Marken para ver la fabricación de los típicos zuecos y terminamos en el encantador pueblo pesquero de Volendam, con sus casas pintadas de verde y negro y los puentes levadizos en los canales. Fotos, fotos y más fotos. Parecían casas de cuento. Otro divertido detalle que nos contó la guía es que las vecinas de este pueblo están picadas y hay una calle en donde las fachadas y los ventanales compiten en originalidad y buen gusto a la hora de mostrar la decoración de sus casas, hay de todo, claro, pero en general, eran muy bonitas.





 












De regreso a la capital, nuevo paseo nocturno hasta terminar en la plaza de Spui y tomarnos unas cervezas en la cervecería Amstel, en una acogedora terraza cubierta que permitía disfrutar del ambiente de la calle bien calentitos.

 

Los coffeeshops, no creáis que me he olvidado de ellos jejejeje. Aunque existe, o existía, una ley que prohibía a los turistas entrar en los mismos a partir del 2012, pues, la verdad, no notamos nada en absoluto. Diseminados por toda la ciudad, se encuentran en todos los barrios, igual que los bares en España, aunque la mayor concentración se da en la zona más turística, o sea, en el Barrio Rojo. Casi todos con público a cualquier hora, la mayoría chicos muy jóvenes y algunos bastante colocados. En los alrededores del Barrio el olor es tremendo, la verdad es que no hace falta que entres en ninguno, si ya sales muy alegre sólo paseando cerca de ellos, ejem. Más de un chaval vimos hecho polvo en las aceras por los excesos, algo que, sinceramente, no da muy buena imagen. El fomentar y basar el turismo de la ciudad, sobre todo, en esto no sé hasta qué punto perjudica a la imagen que se tiene, supongo que por algo habrán puesto la ley que comentaba al principio aunque, evidentemente, se la pasan por el forro. Me recuerda a las hordas de turistas ingleses que llegan a las islas de España a pillarse unas kurdas de campeonato y, sinceramente, creo que esto está perjudicando mucho a las zonas más turísticas. Más que nada porque pudimos comprobar que el turismo en la ciudad era, principalmente, gente muy joven, estudiantes, grupos de amigos que parece que sólo iban a esto, perdiéndose gran parte de las cosas que la ciudad ofrece y, la verdad, es una lástima. Seguro que ahora os preguntaréis si nosotros entramos y la respuesta es no. Lo primero porque no debo, ni puedo, fumar por la bronquitis y lo segundo porque preferíamos los pasteles sin “condimento” que había en las pastelerías que te encontrabas por la ciudad…y qué pasteles. Y si, he fumado porros…cuando tenía 20 años. Supongo que todo es cuestión de hacer un consumo responsable, y eso se aplica tanto a la marihuana como al alcohol. En fin. 

El Jueves tocaba despedirse de la ciudad. Nos dirigimos a la Estación Central donde salía el tren que nos llevaría a Amberes y de allí haríamos transbordo para nuestro siguiente destino: Brujas. Y cambiamos de país, ahora estábamos en Bélgica.


Segunda parte aqui.



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