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Jueves, 24 de Noviembre. Día de Acción de Gracias, Empire State, Chrysler, Flatiron y Chelsea

 

O como dicen allí: Thanksgiving. Ese día con cualquier persona que te cruzaras, ya fuera en el lugar donde habitualmente desayunábamos, en una tienda o al preguntar a alguien por la calle te contestaban Happy Thanksgiving, y, efectivamente, la calle era una fiesta. El desfile había comenzado hacía rato y mareas humanas se movían por los alrededores buscando un lugar desde el que poder ver los famosos globos. El centro estaba prácticamente cortado para el tráfico y la mayoría de calles adyacentes valladas y ya no se podía acceder. No nos quedó más remedio que ir andando por la calle paralela a donde tenía lugar el desfile, hasta llegar a Times Square donde a mi compi se le ocurrió la brillante idea de subir a la primera planta de la tienda de M&M´s y, desde su enorme cristalera, pudimos ver perfectamente el pasacalles. Majorettes, policías, bomberos (los héroes de la ciudad), personajes de la cultura americana, carrozas y, por supuesto, los enormes globos. Todos eran aplaudidos a rabiar y los niños los que más disfrutaban.

Tampoco fue cuestión de quedarnos a verlo entero y, aprovechando que la mayoría de las calles del centro estaban cortadas, fue un gustazo pasear por ellas e ir a visitar los grandes rascacielos. Nuestro primer objetivo del día fue el edificio Chrysler y para ello tuvimos que pasar de nuevo al lado de la Grand Central Terminal, pero esta vez a la luz del día, con su preciosa fachada franqueada por la torre Met Life a la que se le cambió el nombre cuando quebró su anterior propietario, la Pam Am, por eso tiene una forma tan peculiar, como el ala de un avión.

 

El Chrysler tiene una espectacular torre coronada de acero y es uno de los edificios más bonitos de la ciudad, la pega es que no dejan acceder nada más que al vestíbulo donde se pueden apreciar unos bonitos frescos art déco, pero merece la pena aunque te regañe el portero (ejem). Desde allí nos fuimos en búsqueda de la gran atracción de la ciudad y uno de sus símbolos más conocidos: El Empire State. Según bajábamos la Quinta Avenida su silueta iba apoderándose del paisaje. Es imponente, enorme, miras hacia arriba y parece no tener fin. No consigo imaginar cómo deben de ser los cimientos para sostener semejante mole de cemento y acero. Había oído de las colas kilométricas que se pueden llegar a hacer para acceder a la planta 86…y es cierto. Dos horas nos costó, pasando por engorrosos controles de bolsos de mano, arcos de detección y pasillos en zig-zag en los que apenas se avanzaba. Todos los idiomas y razas posibles estaban allí, con cámara en mano, preparados para el gran espectáculo de ver la ciudad desde su punto más alto. Cuando por fin pudimos coger el ascensor la subida fue espectacular y la presión que sentimos en los oídos fue prueba de ello: a la planta 80 en algo más de un minuto. En el siguiente tramo daban la opción de subir las seis plantas restantes a pata y, hartos de colas, decidimos hacerlo. Si alguien se piensa que se va a encontrar con un paisaje idílico, solo y contemplando las magníficas vistas como si estuviera en la famosa escena de Tú y yo que se olvide. Casi no nos podíamos mover de la cantidad de gente que se agolpaba en los balcones para hacer fotos y admirar la ciudad desde la altura. Pero merece la pena. Hacía un día despejado y sin nada de frío, perfecto para admirar y apreciar lo enorme que es esta ciudad. Edificios como el Chrysler se ven en todo su esplendor y la Zona cero, coronada por sus numerosas torres, hasta la estatua de la Libertad. Fotos y más fotos, era imposible resistirse.







 

El Flatiron fue el siguiente. Se encuentra en la intersección de la Quinta Avenida con Broadway y su curiosa fachada triangular viene por ese motivo. También nos sorprendió encontrar ya a gente acampando a la entrada de algunas tiendas, por lo menos en una llamada Best Buy, pues al día siguiente era el Viernes negro. Es algo parecido a las rebajas de aquí pero que sólo es un día en que las tiendas ponen descuentos que pueden llegar a ser hasta del 70% o el 80%. Y empiezan a las 12 de la noche, 24 horas comprando sin parar, de hecho ya había tiendas que anunciaban sus descuentos para el día siguiente. Las horas de luz se acababan y a partir de ese momento tocaba callejear buscando lugares populares o curiosos como el enorme Madison Square Garden o una tienda especializada en fotografía llamada B&H, regentada por judíos y que tiene un curioso sistema de cestas por el techo para transportar la compra hasta las cajas. El barrio de Chelsea quedaba cerca y hasta allí que nos fuimos, descubriendo calles realmente bonitas, entre la 22 y la 21, con las típicas fachadas de escaleras de hierro y árboles a ambos lados. Cerca de allí se encuentra la High Line, una antigua vía férrea elevada que ha sido inaugurada recientemente como parque urbano y que tiene un paseo muy agradable rodeado de árboles y con una iluminación tenue que invita a las conversaciones en voz baja. No está terminado y aún tienen que inaugurar un tramo más pero, desde ya, es un paseo muy recomendable. Lo que es sorprendente son los edificios a ambos lados en donde la vida fluye sin que importe quién te pueda ver. Viviendas sin cortinas ni persianas que, como una película, dejan adivinar la vida que se esconde detrás de esas paredes. Mientras, a lo lejos, las luces del Empire State aparecían junto con el letrero luminoso del hotel New Yorker. Tocaba volver al hotel pero antes faltaba otra visita más: buscamos una escultura que se encuentra en la Sexta Avenida esquina con la 54 o la 53 (ya no me acuerdo) y que se ha hecho muy popular, consiste en la palabra LOVE pero enooooorme.

 


Viernes, 25 de Noviembre. Los barrios de Nueva York, ONU, MOMA y Times Square.

 

Fue el día de los contrastes. Es increíble cómo puede llegar a cambiar la ciudad sólo con cruzar una calle.

Empezados saliendo del metro en Union Square, donde hay un mercado de productos típicos de alimentación pero se ve que llegamos demasiado pronto y aún no habían abierto los puestos y, como no era cuestión de estar esperando a qué hora empezaría a funcionar, decidimos seguir la ruta. Por el camino nos encontramos a la gente cargada de bolsas y que llevaban de compras desde no sé qué hora y también pecamos un poquito en alguna que otra tienda pues es cierto que los descuentos en algunos sitios eran muy buenos. Fuimos a conocer uno de los barrios más pijos: El Soho, donde se encuentra el Cast-Iron Historic District, con las casas típicas de escaleras de incendios adosadas a la fachada, y donde están bastantes de las tiendas más exclusivas, como Prada o Chanel, hasta Mango tiene una tienda en esta zona.



 


Fue en uno de estos edificios cuando apareció ante nosotros una cafetería de Nespresso, nos miramos con los ojos como platos y, sin dudar y sin mirar la carta de precios, entramos. Por fin nos tomamos un café en condiciones. Es que el asunto traía cola: al segundo día de nuestra estancia en la ciudad nos habíamos rendido y resignado, el café americano es agua con color y encima lo sirven en vasos de medio litro, que para ellos es tamaño “pequeño”, muy caliente, eso sí, y que te ayuda a entrar en calor pero poco más, con lo que llevábamos más de tres días sin tomarlo. Esa mañana nos sentó de maravilla. Más animados partimos en dirección a Greenwich Village, quizá uno de los barrios con más encanto de la ciudad. Sus calles forman parte de la zona antigua y no son cuadriculadas ni van numeradas, sino que tienen nombres. Fachadas de estilo inglés forman parte de una zona muy tranquila, rodeada de árboles y tiendas de antigüedades y cafeterías. Allí se encuentra el pequeño teatro de Cherry Lane y también Gay Street, la calle donde comenzó el movimiento que dio nombre a los homosexuales.









Seguimos subiendo por la Avenida de Greenwich hasta llegar de nuevo al barrio de Chelsea, pero de día, y entramos en el Chelsea Market, un curioso edificio rehabilitado con gran cantidad de tiendas y restaurantes y que, antiguamente, parece ser que era la fábrica de las galletas Oreo.



Nuevo viaje en metro hasta llegar a Washington Square presidida por el monumental arco a través del cual se ve el Empire State y desde el que parte la Quinta Avenida. La fuente estaba vacía y nos sirvió de improvisado asiento, tomando el sol en el maravilloso y despejado día que tuvimos la suerte de disfrutar y relajarnos un rato antes de reanudar nuestra ruta. El siguiente destino: Las Naciones Unidas.

 

El imponente edificio, que me recuerda al monolito de 2001, ofrece visitas guiadas y allí que nos plantamos. Lo mejor fue acceder a la gran sala donde se reúnen todos los países miembros y conseguir hacernos una foto lo más cerca posible (no se podía pasar) de la tribuna donde se sienta el representante de España. También pasamos por distintas salas donde nos explicaron las misiones tanto de paz como de atención en catástrofes humanitarias que realizan en el mundo y cómo las llevan a cabo. La más impresionante, y desasosegante, es la dedicada a la desactivación de minas anti-persona. Además, nos echamos unas risas gracias a la guía que acompañó a nuestro grupo, una chica de origen hispano que tenía un estupendo sentido del humor.



El MoMa fue la siguiente parada. Visitar el museo un día normal cuesta 25$, pero si no se es muy aficionado al arte, y menos a las vanguardias, hay la opción de verlo gratis los viernes a partir de las 17:00. Era viernes y era gratis, el museo estaba abarrotado e hicimos más cola intentando dejar los abrigos en el ropero que luego en pasar. Quizá sea el museo más famoso pero también el más polémico, aunque los museos de Arte Moderno suelen serlo siempre, precisamente por eso las plantas más visitadas son la 5ª, donde se encuentra la colección europea, con Picasso, Van Gogh, Cezanne, Bacon… mientras que en la 4ª hay un par de Warhol.




El resto es…indescriptible, sólo diré que uno de los montajes era una bandeja llena de cáscaras de mejillones. También merece la pena pasar al patio con la exposición de esculturas al aire libre. Hay obras de Picasso, Henry Moore y Giacometti, entre otros. Además, hacía una noche tan agradable que nos sentamos un rato contemplando los edificios que rodeaban al complejo. Después nos dirigimos de nuevo a Chinatown, por la hora la mayoría de los comercios habían cerrado pero aún se mantenían unas cuantas tiendas abiertas, estaba más silencioso y tampoco nos aventuramos por las calles más estrechas por si acaso. Buscábamos el barrio de Little Italy, literalmente engullido por la voracidad oriental y del que sólo han quedado un par de calles como testimonio de lo que una vez fue. El contraste no puede ser más brutal, pasas por calles más bien descuidadas, giras la esquina, cruzas el paso de peatones…y te encuentras en un barrio luminoso, limpio y bullicioso sin ser escandaloso. Poco hay que ver más que la gran cantidad de restaurantes típicos que han quedado de recuerdo en la zona, además de la curiosa fachada pintada con los colores de la bandera italiana. Animados por el ambiente nos quedamos a cenar y, como hacía tan buena noche, decidimos sentarnos en una mesa en la calle. Si, en la calle. A quien se le cuente que en pleno mes de Noviembre, en Nueva York, se podía cenar en la calle… pero es que hemos vuelto a tener una suerte increíble con el tiempo y, salvo el día que llovió a cantaros, el resto ha sido una bendición.

Regresamos a Times Square y decidimos dedicarle un rato más que el resto de días, en los que pasábamos de largo en dirección al hotel. Times Square es una locura. Se puede comparar con la Puerta del Sol por la Torre donde se encuentra la bola que marca el fin de año y la barbaridad de gente que puede llegar a pasar por la plaza. Rodeada de carteles luminosos y pantallas de video gigantescas en las que anunciarse cuesta una pasta, también hay tiendas increíbles y enormes, como la de Toys R us, que tiene una noria en su interior, la de los caramelos M&M´s, que vende todo lo imaginable, además de los conocidos dulces, o restaurantes como el Planet Hollywood que también se encuentra allí. Actualmente es peatonal pero es tal la cantidad de gente que siempre hay que también tendrían que poner semáforos para las personas, qué barbaridad. En uno de sus extremos han instalado una gradas desde las que poder contemplar el espectáculo en todo su esplendor y allí que nos fuimos a sentar para observarlo, con la incesante marea de gente de cualquier raza y condición que acertaba a pasar por la plaza. Eso sí que era las auténticas Naciones Unidas.

 

Sábado, 26 de Noviembre. Estatua de Libertad, Isla de Ellis.

 

Era nuestro último día en Nueva York y nos habían avisado que la salida del vuelo se había retrasado y, como la excursión a Staten Island para ver la estatua de la Libertad nos había sabido a poco, decidimos ir a verla más de cerca. Fue otro día de colas larguísimas para poder embarcar en dirección a la isla y, nuevamente, el tiempo fue una bendición. El trayecto fue una incesante sesión de fotos según nos íbamos acercando. Hasta que no te encuentras a los pies de la misma no se puede hacer uno a la idea de lo enorme que es.

 



Es una excursión que está planificada para pasar prácticamente todo el día en la isla pero no podíamos quedarnos mucho, sobre todo después de las horas que habíamos tardado en embarcar, por lo que estuvimos dando un paseo alrededor y nos quedamos a comer una enorme hamburguesa en el parque que hay los pies de la estatua, con el sol calentándonos la espalda ¿He dicho ya la suerte que hemos tenido con el tiempo? Desde donde estábamos vimos llegar el barco que nos llevaría al segundo destino del día: La Isla de Ellis. Actualmente están en plena reforma de los edificios adyacentes y sólo se puede visitar lo que es el museo de la Inmigración en sí. En conjunto son unas instalaciones enormes, primer destino de los que llegaban a la ciudad, con la esperanza de una vida mejor, y donde pasaban las primeras cribas antes de permitir el acceso al país. Fotos, recuerdos e historias de desarraigo. Curioso y un poco deprimente, tal vez porque me marché con la sensación de que nada había cambiado y, en realidad, sólo lo ha hecho la forma de llegar.



De nuevo en Manhattan poco nos quedaba por hacer de lo planeado y nos fuimos de nuevo al funicular para hacer otra vez el trayecto hasta Roosevelt Island, pero esta vez sin lluvia.

Si os fijáis, se ven dos alturas para el tráfico en el puente



Despedida de Times Square y recogida de maletas. Nos esperaban seis horas de vuelo… y el jet lag.

Para el recuerdo se quedará lo amabilísimos y solícitos que son los neoyorkinos. Era verte con un mapa en las manos y mirando alrededor y ya estaban preguntándote si necesitabas ayuda, fuera un negro desdentado en el metro (que menudo susto nos metió), una pareja de pijos en el Village o una ancianita con voz temblona en un dinner. El idioma no fue un problema en ningún momento, en cuanto preguntabas si hablaban español siempre había alguien y si no, lo intentaban chapurrear igual que nosotros el inglés jajajajaja. Los camiones de bomberos y sus escandalosas sirenas o los taxis amarillos, que los puedes ver a cientos por la calles. ¡Ah! La sensación de que parece que estás en la película es real: paseas por sus calles y son escenarios tan conocidos, y que hemos visto en tantas series y películas, que sólo puedes pensar que por fin estás dentro. Las negras de poderosas caderas hacen esos gestos chulescos que hemos visto en innumerables comedias y los raperos van andado por la calle con sus típicos ¡Ey, man! No es una pose, son así.

 

Madre mía, esto en vez de una crónica parece un testamento. Espero que os haya gustado



 
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