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Un vez más acudo a mi cita anual para contaros cómo me fue por tierras italianas, porque esta vez tocó Italia.

Escarmentados de los viajes organizados, en esta ocasión decidimos hacerlo por nuestra cuenta. Nada de una paliza recorriendo un montón de sitios para luego quedarnos a medias, por lo que planeamos sólo dos: Florencia y Venecia. Yo ya las conocía de antes pero, como fue en otro viaje organizado y hace un montón de años, no me importó repetir.

 

La primera parada fue en Florencia, en un hotel bastante cercano a la estación de tren y a la mayoría de lugares de interés. Es una ciudad que se puede recorrer a pie, todos los museos e iglesias se encuentran muy cerca unos de otros. El problema, más que nada, son los horarios, pues cierran relativamente pronto, pero con un buen plano, bien desayunados y sabiendo lo que queríamos ver, sólo era cuestión de echarle piernas.

 

Como llegamos a la ciudad de noche, la primera toma de contacto fue un paseo nocturno por las calles que luego recorreríamos de día y aprovechamos para saber los horarios exactos. Ante nuestros ojos empezaron a aparecer La plaza del Duomo, la Signoría, el puente Vecchio o el Palacio Pitti.

 

El miércoles la primera visita fue para el Mercado de San Lorenzo, pues nos pillaba justo a la salida del hotel y para llegar a nuestro destino, la iglesia de San Lorenzo, era ruta obligatoria. El olor a cuero es lo más característico de este mercado, pues hay una gran tradición en el curtido de pieles. Bolsos, abrigos, carteras, y también artículos hechos con papel marmolado, típico también de la región, con preciosos libros, agendas o marcos de fotos. En San Lorenzo se encuentra una Biblioteca realmente curiosa, la Biblioteca Mediceo Laurenziana, que contiene tratados medievales sobre diversas enfermedades y su curación y que se pueden admirar en libros miniados con ilustraciones bellísimas. Desde ahí, la ruta nos llevó hasta la plaza del Duomo para admirar la impresionante fachada decorada con mármoles de varios colores y que adornan tanto a la Catedral como al Campanile o el Battistero con sus maravillosas puertas. Una cosa curiosa de la Catedral es la gran majestuosidad de la fachada que contrasta con el interior, bastante austero. Me desilusionó la primera vez que lo vi. Parece que echaron el resto en el exterior y el interior, comparados con otros edificios religiosos de la ciudad es, cómo decirlo, soso. Lo más espectacular son las pinturas murales de la cúpula. Y ya que estábamos allí nos atrevimos a subir, precisamente, a la famosa cúpula de Brunelleschi. No sé cuántos escalones son, pero puedo asegurar que son unos cuantos, te dejas los pulmones pero merece la pena. Recuerdo que al bajar nos cruzamos una mujer que nos preguntó, casi sin aliento, que cuánto faltaba para llegar, negándose a continuar y  nosotros animándola a seguir. Pobrecita, nos hizo caso.

 

Cuando recuperamos la sensibilidad en las piernas nos dirigimos hacia la Galería Uffizi, pasando primero por la plaza de la Signoria donde se encuentra la llamada Loggia dei Lanzi con un espectacular museo al aire libre. En la galería Uffizi hay obras de los más importantes artistas del Renacimiento Italiano. Leonardo, Tiziano o Botticelli se encuentran allí. Me sorprendió comprobar el tamaño de los cuadros de La Primavera y El Nacimiento de Venus, pensaba que eran más pequeños y tienen un tamaño considerable. La Iglesia de la Santa Cruz también fue otra visita obligada pues en ella están enterrados los más notables de la época, como Miguel Angel, Dante o Galileo. La última visita del día fue para el Palacio Vecchio, ya que era el que cerraba más tarde y pudimos dejar para el final. Antiguo ayuntamiento de la ciudad es un edificio muy interesante de ver. La sala más curiosa es la dedicada a la Cartografía. Mapas de todo el mundo (excepto del continente Americano) cubren las paredes. Fue divertido buscar en el mapa de España mi pueblo. El resto del día, bueno, más bien de la noche, lo dedicamos a seguir callejeando.

 

El jueves tocó La Academia, un museo que es conocido principalmente por acoger en su interior el David de Miguel Angel. Una de las ventajas de viajar en temporada baja es ésta: admirar sin agobios la perfección de una obra esculpida de una pieza, sin añadidos, de unas dimensiones colosales y, aún así, perfecta. Después tocó un pequeño rodeo para aproximarnos a una plaza donde se encuentra la Basílica della Santíssima Annunziata que nos llamó la atención por la cantidad de exvotos que contenía, señal de la muchísima devoción que debía despertar entre los habitantes de la ciudad. Allí fue donde completé mi pequeño ritual de encender una vela. Volvimos a encaminar nuestros pasos hacia el centro y esta vez atravesamos por el Mercado Central, donde venden los típicos productos de la gastronomía florentina, desde quesos a callos, pasando, como no, por la pasta. Y saliendo de allí, unos metros más al frente, se encuentra la espectacular Capilla Medici, conocida por las esculturas de Miguel Angel para las tumbas de dos miembros de la poderosa familia. La siguiente visita fue para Santa María Novella y desde allí nos dirigimos al enorme Palacio Pitti y sus jardines. Por el camino pasamos por tres de los puentes que cruzan el río Arno: Carraia, Santa Trinitá y el famosísimo puente Viejo (Ponte Vecchio), que albergaba en sus pequeños puestos carnicerías hasta que estas fueron convertidas en joyerías por orden de uno de sus gobernantes que no soportaba el mal olor. Una vez que llegamos, la primera visita fue para los jardines, pues debido a las pocas horas de luz era lo primero que cerraban. Los jardines Boboli tienen la peculiaridad de que están hechos en cuesta aprovechando la forma de la colina donde se encuentran. Preciosos con su imagen de otoño y con la ventaja añadida de que las figuras que decoran sus calles no están cubiertas en estas fechas. Lo más espectacular es andar por el paseo de los Cipreses, unos árboles que fueron plantados hace más de 400 años. El Palaccio Pitti contiene también una importante colección de pintura pero esta vez más internacional que la Galería Uffizi. Van Dyck, Rubens incluso algún Velázquez forman parte de la colección, además de los clásicos Rafael o Caravaggio. Lo que más llama la atención (aparte de la magnífica colección de arte) es la grandiosa decoración de paredes y techos. Frescos espectaculares de temas alegóricos y mitológicos en cada sala a cual más grandioso y elaborado en los llamados Apartamentos Monumentales.

 

Por ese día ya estaba bien de tanta visita cultural y volvimos sobre nuestros pasos hasta la plaza de Signoria para darnos un homenaje con un helado con todos los sabores posibles y a cual más rico. Irse de Italia sin haber probado los helados es un pecado. Y de los gordos. Y la cena tampoco se dio mal en una encantadora y familiar trattoria cerca del Mercado de San Lorenzo donde terminamos (más bien intentamos) cantar el cumpleaños feliz para acompañar la celebración de nuestros vecinos de mesa.

 

El viernes tocó el museo del Bargello, dedicado casi en su totalidad a esculturas y relieves y que llama la atención por la espectacular escalera del patio interior. Desde allí nos dirigimos a coger un autobús que nos llevó hasta la piazzale de Michelangelo desde donde se ofrecen las mejores vistas de la ciudad y seguimos subiendo hasta llegar a San Miniato al Monte, preciosa iglesia con su fachada cubierta del típico mármol de colores y que nos sorprendió por el cementerio que también está allí. Suntuosas criptas que se intercalaban con esculturas bellísimas, donde se podían leer nombres ilustres de la cultura italiana o con caídos en la segunda guerra mundial. 

 

Ese día ya no pudo dar más de sí, nos tocaba recoger las maletas y dirigirnos a la estación donde nos esperaba el tren que nos llevaría a Venecia.

 

Es un viaje relativamente corto y muy cómodo, también es cierto que me encanta viajar en tren. Apenas algo más de dos horas separan a las dos ciudades y la estación está justo en la isla, con lo que al bajar del tren ya estábamos viendo el Gran Canal. Lástima que ya era de noche y llovía. Siguiendo las instrucciones que nos dieron en la oficina de información enseguida localizamos el vaporetto que nos llevó a nuestra parada para llegar al hotel. En el trayecto, aun siendo de noche, disfrutamos de la visión de los palacios que se muestran orgullosos y decadentes a ambas orillas. El hotel estaba situado en pleno sestieri (así llaman allí a los barrios o distritos) de San Marcos, perfecto para nuestras correrías por la ciudad, aunque al igual que en Florencia, se puede recorrer perfectamente a pie sin necesidad de usar vaporettos o las carísimas góndolas que, al fin y al cabo, sólo se usan para el turismo. Esa noche la dedicamos a la primera visita nocturna a la plaza de San Marcos y perdernos, literalmente, por las calles de la ciudad.

 

Sábado y Venecia es igual a decir multitud. Turistas por las calles en una continua marea humana que inundan la ciudad tanto como el agua alta y eso que era temporada baja. Afortunadamente amaneció un día despejado y soleado que fue una bendición para recorrer la ciudad. La primera visita fue para la Basílica de San Marcos y contemplar su riquísimo interior decorado con mosaicos y oro. Hacernos una foto ante los caballos que decoran la fachada y desde cuya terraza se pueden observar unas vistas increíbles de la plaza y alrededores. Un regalo, vamos,  acompañado de ver cómo el agua alta iba apareciendo, poco a poco, hasta inundar la plaza mientras se veía a la gente andar por las pasarelas que el ayuntamiento habilita para poder moverse por la zona. Menos mal que a nosotros eso no nos importó pues, prevenidos que fuimos, nos habíamos puesto unas botas de agua compradas aposta. La gracia es que luego te las vendían por toda la ciudad, pero claro, a un precio… Así que, ni cortos ni perezosos, nos paseamos por la Plaza sin problemas, haciendo el ganso ante una situación tan particular. Después tocó el Palacio Ducal, un impresionante y hermosísimo edificio civil que contiene unas salas suntuosas, enormes y espectaculares, reflejo del gran poder que tuvieron los Dux que la gobernaron durante su época de esplendor. Lo más divertido y encantador es que el recorrido lleva directamente a pasar por el Puente de los Suspiros para llegar hasta las prisiones. La pega de este año: han estropeado la foto. No sé a qué ingenioso político, empresario o lo que sea se le ha ocurrido promocionar la ciudad poniendo unos horrorosos paneles azules a ambos lados de la fachada, dejando sólo a la vista el puente y fastidiando una vista universal, serán… Otra cosa que me defraudó fue el Campanile. Pensaba que iba a tener unas vistas espectaculares de la ciudad, que se iba a ver el Gran Canal, pero no, sólo tejados y las torres de las iglesias, en una maraña confusa, una pena, vamos. Si se quiere ver la plaza y los alrededores en condiciones es mejor la terraza de San Marcos, sin duda. A partir de aquí Venecia no tiene más lugares de obligada visita como ocurre con Florencia. Es una ciudad para patear, disfrutar y perderse. Toda ella es una postal, tanto por el contraste de las fachadas ajadas por la humedad, con las inevitables góndolas pasando por debajo de sus innumerables puentes, como las sorprendentes iglesias que se encuentran diseminadas por todos los barrios y que aparecen, a la vuelta de las esquinas, enclavadas en lugares en los que parece increíble que se pudieran construir ahí. Los auténticos museos, donde se encuentran las más hermosas obras de arte, es precisamente en las iglesias, donde retablos, altares y capillas están realizados por Tiziano, Veronés, Donatello, Tintoretto o Bellini, por eso sería imposible y tedioso escribir y describir todas las iglesias que llegamos a ver en nuestro patear por las calles de la ciudad. Aún así, decidimos encaminar nuestros pasos hacia la Galería de la Academia, donde se encuentra la colección más importante de artistas venecianos, pero fue un gran chasco el encontrar el edificio en obras y con la mayoría de salas cerradas por ese motivo, en fin. Pero había tanto por ver y admirar que esa fue una pega menor. Nos recorrimos el sestieri de Dorsodouro hasta llegar a Santa María della Salute, iglesia construida como agradecimiento a la Virgen porque había librado a la ciudad de la peste y desde allí nos fuimos al distrito de Santo Polo, presidido por la Iglesia de Santa María Gloriosa dei Frari, donde nos tomamos un aperitivo muy apreciado en la zona que se llama Spritz, acompañado de Aperol, una especie de cóctel parecido al bitter que conocemos por aquí pero más suave. Y, para no variar, nos volvimos a perder al intentar llegar al hotel.

 

El domingo pasó por Italia la ola de frío. Fue un día de frío y lluvia realmente desagradable que invitaba a quedarse debajo de la mantita y no salir en todo el día ¿Pero quién se quedaba encerrado estando en Venecia? Nos armamos de valor, bien abrigados y dispuestos a aprovechar el día lo mejor que se pudiera y con ese ánimo nos fuimos a buscar la Scala Contarini del Bovolo en un laberinto de calles en las que dábamos vueltas sin conseguir encontrarla, porque encontrarla cuesta. Escondida en medio de estrechas callejuelas es una escalera exterior en forma de caracol (bovolo) adosada a un palacio que están restaurando actualmente. Desde allí nos fuimos a la dársena de San Marcos y cogimos el vaporetto de la línea 1 que nos llevó a lo largo del Gran Canal hasta la estación de tren de Santa Lucía, es un recorrido muy recomendable (y sobre todo con lo que llovía, muy cómodo) desde donde mejor se pueden apreciar los múltiples palacios que se encuentran en las dos orillas. Entre los más destacados y espectaculares están el Palacio Grassi, Ca´Rezzonico, Ca´ D´oro, El Casino y las iglesias de San Silvestro o Santa Lucía. A partir de allí nuestro destino fue el sestieri de Cannaregio, una zona mucho más tranquila que los alrededores de San Marcos. En este distrito las calles son más amplias y accesibles, no hay recovecos ni calles cortadas y las góndolas brillan por su ausencia. El dato curioso era ver aparcadas en las puertas de las casas las lanchas motoras con que los habitantes se mueven por los canales. Porque hay que mentalizarse de una cosa cuando se llega a esta ciudad: los vaporettos son los autobuses y las lanchas motoras son los coches, mientras que las góngolas se podrían comparar con coches de caballos. En este distrito se encuentra la iglesia de la Madonna dell´Orto, conocida como la iglesia de Tintoretto por la cantidad de obras que contiene y que precisamente está enterrado aquí. Seguimos callejeando la zona hasta llegar al siguiente sestieri, el de Castello, en busca de la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo, donde se encuentran enterrados los más importantes e influyentes de la ciudad. Pero con el mal tiempo que hacía, de noche y lo complicado que puede llegar a ser moverse por esta ciudad, nos costó bastante encontrarla. Cansados, decidimos encaminar nuestros pasos hacia San Marcos… y nos volvimos a perder. Seguíamos en el distrito de Castello pero nos habíamos desviado más al Este de lo que creíamos y terminamos buscando refugio en otra iglesia para calentarnos un poco. Llevábamos ya un rato sentados cuando apareció un monje que, amablemente, nos indicó que si queríamos asistir a los oficios los hacían en una capilla más pequeña en un lateral del altar. Le agradecimos la información y dejamos pasar un par de minutos antes de salir, todo lo discretamente que pudimos, de la iglesia para enfrentarnos a la aventura de volver al hotel. Sólo al llegar pudimos descubrir que la iglesia donde habíamos estado era San Francesco della Vigna. Esa noche nos desquitamos del frío comiendo unos spaguettis con almejas típicos de la zona.

 

Y llegó el lunes. La ola de frío se había marchado y volvió a amanecer otro día despejado y soleado. Aprovechamos para pasar de nuevo por el puente Rialto, pero esta vez de día, hasta llegar al mercado de Rialto con el bullicio de un día laborable. Volvimos a encaminar nuestros pasos al distrito de Castello para poder ver la iglesia de los Santos Giovanni y Paolo y admirar la amplia plaza a la luz del sol. Callejear y empaparnos de la tranquilidad que, ahora sí, había en la ciudad después de la invasión de turistas de fin de semana. Había turistas, pero no tantos, y pudimos disfrutar de un capuchino en la barra de un bar, recorrer innumerables puentes que nos llevaban a una calle que pedía una foto a gritos, para doblar una esquina y encontrar otra que gritaba más que la anterior. Por muchas fotos que se vean de la ciudad nunca le harán justicia, es necesario sentirla, padecerla, disfrutarla y olerla. Si, huele un poco raro en pequeñas callejuelas mal ventiladas, pero también huele a sal y a mar.

 

Una lancha motora cubierta, como un pequeño yate, que cogimos en la dársena de Rialto fue la encargada de levarnos en dirección al aeropuerto de Marco Molo. Un curioso recorrido dando bandazos por la laguna y donde las maletas se nos pusieron chorreando por la fuerza del agua. La imagen final y quizá la más inesperada y hermosa fue ver, desde la ventanilla del avión, la isla de Venecia de noche. Ains.



Las fotos en la siguiente entrada, es que son unas cuantas.

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